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lunes, 23 de febrero de 2009

Mirando hacia otro lado

Ella observaba el mundo a través del cristal de las lágrimas desconsoladas. Podía hacer cualquier cosa y nunca nadie se lo había dicho. Apartada, en un rincón de su habitación, hacía un ovillo de su cuerpo intentando esconder la cabeza entre las piernas para siempre, buscando no ver la realidad que sonreía.

Miraba a su alrededor y veía miradas de admiración mirando hacia otro lado, en otra dirección. Ella volaba, sabía tragar fuego y hablar del derecho y del revés la mayoría de los idiomas de este continente, había cruzado tres veces el Atlántico y dos el Pacífico (siempre a braza), nunca contaba nada acerca de la llamada que le hizo el Rey ni de las postales que le mandaba el Papa, tampoco le gustaba enseñar las fotos de aquel concierto privado que le hicieron a dúo los Doors y los Nirvana. ¿Para qué? Nadie la escuchaba.

Parloteaba en la mesa sobre algo importante que le había sucedido en el trabajo, había salvado la vida de un niño atropellado, pero todos atendían el cambio de una bombilla que con habilidad primitiva realizábase en otra habitación.

Nadie le había dicho que podía hacer magia con sólo quererlo, lo tuvo que aprender sola. Mas cuando lo supo y el mundo exclamo un sonoro ¡oh! de admiración, en su casa giraron la cabeza hacia ella con curiosidad y una disimulada sonrisa de escepticismo, se acercaron a la luz y quisieron alumbrarse con ella; fue entonces, sólo entonces, cuando ella sonrió para siempre mirando hacia otro lado.

lunes, 2 de junio de 2008

La ciudad en silencio

Su mirada enlutada comenzó a pasearse pausadamente por la cotidianidad inmóvil que se presentaba junto al nuevo día. Olía a humedad y cebollas fermentadas. A noches sin dormir. A esguinces de memoria. Por un momento saboreó el dulzor reconfortante del placer instantáneo que se instala sin dificultad justo al lado del dolor a la vida, en ese indeterminado espacio en el que la vigilia y el sueño se entremezclan. Estiró los pies todo lo que pudo evitando, en el último instante, el contagio a todo un cuerpo entumecido que temía disfrutar en exceso sin merecerlo. Miró a su alrededor. Todo seguía en su sitio. Una pequeña mesa completamente vacía. Una silla en aparente buen estado. Un armario empotrado, tuerto de una puerta, que dejaba a la vista las dos mantas y el vestido, y alguna muda mal plegada, y los zapatos de tacón relucientes, y el enorme vacío que guardaba silencio por todo aquello que no estaba. Una cama excesivamente grande que parecía abarcarlo todo, como la enorme boca de ballena dispuesta a engullir en cualquier instante el diminuto cuerpo desnudo que cada noche buceaba en los turbios océanos de sábanas amarillentas, muelles oxidados y pesadillas insalubres. Cuatro paredes llenas de humedades. Y un perchero siempre vacío que parecía mirar con prepotencia desde su posición distinguida a un mundo que ya no era el suyo.
El llanto provocó que se levantase como un resorte. Tenía hambre. Corrió hacia la puerta tropezándose con torpeza un par de veces. Quería llegar a tiempo. Sin embargo la voz de la Dueña fue más rápida. Siempre era más rápida. Llanto y orden reclamándola a la vez con objetivos cercanos y distantes a un tiempo. Saciar el apetito, imponer el silencio. Con paso firme cruzó el largo pasillo, tenía que llegar cuanto antes. Otra vez el llanto. Otra vez la Dueña.
En una diminuta habitación, justo al lado de la cocina, seis cunas idénticas daban cobijo a inocentes bocas expectantes, rebosantes de vida y de muerte, acostumbradas al llanto por el hambre y al sabor del sufrimiento. No conocían otra cosa. Seis cunas que encerraban todas las esperanzas e ilusiones capaces de sobrevivir en este oscuro piso de aire contaminado. Y una séptima vacía desde varias semanas atrás.
Cogió a su pequeño en brazos. Ella, a diferencia de otras de la casa, sabía el nombre del padre. Cada vez que lo pronunciaba saboreaba todos aquellos momentos amputados aún por cicatrizar. El diminuto cuerpo del hijo inmortalizando al padre, al marido, al novio, al amado… Pascual. Era lo único que le quedaba.
El llanto había cesado. Su enorme pezón, oscuro como una castaña, fue engullido con avidez. No le sorprendió la reacción. A la tercera succión, Pascual rompió a llorar de forma más escandalosa. Las lágrimas resignadas aparecieron sin aspavientos. Su mirada, contraída como un rencor encallado, estaba clavada en las diminutas tetas deshinchadas que mostraban con descaro la fea realidad de un futuro incierto. Quiso arrancárselas de cuajo y arrojárselas a los gatos que maullaban en la calle desesperados. Al menos ellos tendrían algo que comer.
Salió de la habitación sin pensar en nada, con el llanto arrasando el vacío y el orgullo racionado sin tiempo para aparecer. En la cocina esperaba paciente la Dueña con el biberón preparado. Conforme Pascual comenzaba a exprimirlo y el silencio volvía a gobernar el maldito piso oxidado, ella contemplaba con hielo en las entrañas cómo el grasiento cuaderno de tapa dura hacía acto de presencia para dejar constancia de todo lo que gastaba. Todo ello sin mediar palabra.
Por un momento pensó tocar la felicidad en la plácida paz de su bebé absorbiendo satisfecho el último suspiro del viejo biberón. Una densa bilis le ascendió por la garganta arrastrándole hasta un odio certero que le llevaba hasta la áspera voz de mando. Tenía que devolverlo a su cuna. No quedaba mucho tiempo… Obedeció sin plantar batalla y se encerró en su habitación esperando órdenes mientras dejaba escapar por la ventana todo un amasijo de recuerdos, esperanzas y ensoñaciones difíciles de domesticar.
Afuera llovía. Ya no había tantos militares pero una densa atmósfera marcial había invadido cada rincón de la ciudad haciendo el aire un poco menos respirable. La vida continuaba y el sobrevivir se encaramaba encima de cualquier otra cosa. Para todo el mundo era lo mismo. Las tripas temblaban de hambre y las ideas, huérfanas de padre y de madre, esperaban acurrucadas a un nuevo sol que las calentase. Ya no había corazones y el placer de la amistad había sido vilmente violado por el tenso desaliento de la traición a quemarropa.
Desde alguna de las habitaciones llegaba un sollozo contenido, mezcla de nausea por sí misma y miedo irracional a una muerte siempre amenazante. Llevaba algo más de tres meses en ese piso y todavía no se acostumbraba a casi nada. Ni a su deprimente fealdad, ni a su suciedad imperecedera, ni a ese ácido olor a semen reseco y sudor acumulado. Y mucho menos a ese amasijo de penas y quebrantos acumulado en una docena de desconocidas con demasiadas cosas en común.
Una pequeña habitación en un cuarto piso lleno de humedades. Muchas obligaciones y el estómago relativamente lleno cuando comenzase a rugir. Fue la única salida que encontró y a ella se había agarrado con fuerza, la había aceptado con la mirada en el suelo y un temblor constante que anunciaba a voz en grito el miedo y el desconsuelo.
Atrás quedaba un hogar desgarrado, una memoria secuestrada y unas raíces cercenadas que nunca podría recuperar. Pudo haber huido a Francia pero no lo hizo, quizá por mil temores, quizá por no aceptar el destierro forzado, quizá por la simple desidia del derrotado para siempre.
Había conocido los nueve infiernos y se había levantado cada mañana con el alma partida y los sueños rotos. Las calles acumulaban desgracias y atardeceres solitarios con la misma facilidad con que la metralla había segado el presente e hipotecado el futuro. Tantos futuros… Mirase donde mirase sólo veía muertos que ya no estaban. En cada mirada, en cada gesto, en cada detalle, un muerto gritaba desesperado ante tanta barbarie.
Todo había terminado. Pero ella seguía escuchando disparos, seguía contemplando desde su ventana galones teñidos de sangre y sotanas envenenadas. Una realidad gris y vacía que no esperaba nada. Desnuda y con las cuencas de los ojos vacías. Ya poco le quedaba por soñar. Tan sólo Pascual.
Miró el reloj. Faltaban diez minutos para las ocho. Diez escasos minutos de su propio yo, un escaso margen de tiempo del que le sobraba la mitad para que se produjese la transformación mal disimulada que pretendía disfrazar algo difícil de ocultar. Unos fuertes pellizcos en las mejillas para darle algo de color a su tez blanquecina; un pequeño trozo de madera semicarbonizada; el mismo vestido de flores de siempre; los mismos zapatos de tacón; y la fiel certeza de que ya nunca más sería primavera nublándole la mirada.
Se miró en el espejo. Vio el patetismo de su imagen reflejada pero no hizo ni una sola mueca. Las primeras semanas rompía a llorar justo antes de empezar, en el mismo momento que contemplaba descorazona la escuálida caricatura del ayer que se plantaba ante sí sin poder dar marcha atrás. Ahora ya se había acostumbrado. No le quedaba más remedio.
Todos los días la misma función. El timbre sonaba varias veces en poco tiempo. Los hombres llegaban casi a la vez, como si se hubiesen puesto de acuerdo, como si alguien les hubiese estado reteniendo en la calle hasta que llegase la hora precisa para ascender las escaleras que les llevasen al paraíso terrenal. A continuación, sonrisas forzadas y pocos miramientos. A veces, si se hacía un esfuerzo y no se contemplaba la escena más de dos o tres minutos, aquel piso podía incluso parecer un oasis idílico en medio de ese desierto de sufrimiento, pena y rencor en que se había convertido la ciudad. Todo mentira. En cada una de las habitaciones la misma historia. La misma sucia historia.
Un simple gesto de la Dueña le sirvió para comprender que había sido elegida. Ni siquiera le miró a la cara. No tenía fuerzas. Entraron en la habitación. Se desnudó de forma mecánica sin prestar atención a su visitante, a su cliente. Como si estuviese sola.
Se tumbó en la cama mirando al techo mientras notaba una lengua que recorría parte de su cuerpo con aspereza y ansia animal. Nunca participaba en nada, siempre se dejaba hacer y, por el momento, nadie se había quejado. Entre gemidos el hombre pronunciaba repetidas veces su nombre. A ella no le importaba, no le escuchaba. La besaba con avaricia y la abrazaba con fuerza como si fuese a escaparse de sus brazos. Nada más lejos de la realidad, ella no iba a marcharse, sólo iba a quedarse quieta esperando que acabase. Deseando que acabase. El primer desgarro era el peor, el más doloroso. Después apretaba los dientes cada vez más fuerte. Era inútil evadirse. Cerraba los ojos y siempre acababa precipitándose a la imagen de su Pascual desangrado en la cuneta, el olor a pólvora envolviendo todo, los gritos de las otras viudas corriendo desencajadas, el mareo indescriptible de una vida soterrada, la incertidumbre del silencio, los uniformes retadores y el miedo.
Entonces volvió a escuchar su nombre nadando en aquella voz nauseabunda. Y lo comprendió todo. Abrió los ojos con la certeza de lo que iba a ver y descubrió entre arcadas al mayor de los Abelardos mirándole extasiado con su sonrisa amarillenta escupiéndole en la cara. Quiso matarle ahí mismo. Alargar la mano hasta las tijeras que guardaba en el cajón de la mesilla y sacarle las entrañas. Diría que él le había atacado. Nadie pediría explicaciones. Nadie querría saber qué demonios hacía en una casa de putas a más de cincuenta kilómetros del pueblo en donde le esperaban su mujer y sus hijos. Tenía que matarlo.
Pero no hizo nada, tan sólo mirarle fijamente a los ojos y contemplar impávida cómo se corría de forma desaforada. Acto seguido se levantó orgulloso de sí mismo y se marchó sin dejar el dinero acordado.
Un frío dolor le partía el pecho. La imagen del hombre que acababa de poseerla dando el tiro de gracia a su marido mientras ella corría implorando una piedad que nunca llegaba a tiempo le eclipsaba los pensamientos. No era capaz de reaccionar. La Dueña llamaba a la puerta con violencia. Se había encerrado por dentro. Abrió la ventana. Se asomó completamente desnuda sin importarle las miradas sorprendidas de los viandantes. Contempló el silencio de una calle que no reconocía, de una ciudad de nombre incierto, de un país que ya no era el suyo. Inclinó su cuerpo hacia delante y se dejó caer sin violencia.
Poco antes de impactar contra el suelo escuchó el llanto de su pequeño. Quiso gritar. Pero no le dio tiempo.

lunes, 31 de marzo de 2008

Absurdos ventanales por donde escapar del silencio


Abrazaste la noche con una sombra de inquietud en la mirada. Quizá fuese la última.

Abriste de par en par tu sonrisa sin dificulad, y un leve gesto al tipo de la puerta sirvió para que permitiese tu entrada.

Luces llenas de oscuridad emborracharon tus sentidos. Aspiraste profundamente y te dirigiste decidida a la última de las barras, la menos concurrida.

Pediste una coca-cola que ni siquiera tocaste, estabas demasiado ocupada. Cuerpos sudorosos bailaban ante ti con desenfreno electrizante. No tardaste en reparar en él. Algo impreciso llamó tu atención, como siempre, en realidad pedías poco más.

Avanzaste sorteando la adusta bacanal que celebraba, nocturna, el reino de la mentira. Segura de tus movimientos. Segura de tus labios. Segura de tu fino cuerpo fielmente estilizado por el felino y diminuto vestido negro.

Mordiste su boca con avaricia y, tras unos minutos de ciego erotismo voluble y maleable, frenaste con brusquedad, le miraste con deseo y te marchaste dejando de lado cualquier atisbo de despedida.

Caminaste con la misma energía cargada de elegancia con la que llegaste. Las farolas, doblegadas ante el calor inconmensurable que guardabas con recelo, se fueron derritiendo a tu paso dejando a oscuras el cielo y el infierno.

Luego en casa sólo tú, nadie mejor que tú. Con la dulce sonrisa de lo saciado buscaste en la soledad del presente algo de calor que auyentase un frío mañana poblado de nubes negras, y memorias envenenadas, y miedos amoratados, y absurdos ventanales, y silencios almidonados, y tristes promesas incumplidas.

Mañana regresabas.

viernes, 15 de febrero de 2008

ESTÁ TODO FIRMADO

Ayer me desperté llorando sangre. Hace semanas que me ocurre. Puede que tenga algo que ver con estos profundos dolores de cabeza. No sé.
Me levanté como de costumbre, a las ocho y media de la mañana. La verdad es que no vivo nada mal. No me puedo quejar.
Llegué al despacho a las once, me gusta tomarme las cosas con calma, ¿de qué sirven las prisas? Siempre me espera una arrogante montaña de papeles que poco a poco voy venciendo con mi firma hasta hacerla desaparecer. Pero al día siguiente la misma maraña se vuelve a plantar ante mí cargada de arrogancia y, en más de una ocasión, ganando en volumen lo que yo pierdo en paciencia.
El sabroso aroma del café es mi recompensa, lo único que merece la pena en esta anquilosada existencia en que se ha convertido mi vida. Tan sólo mi rúbrica parece tener algo de valor. Palabras de otros se pasean ante mis ojos, yo las miro con desgana y les doy salida a todas. Es como si les diese la bendición. Podéis ir en paz.
Demasiado amargo. Odio cuando pasa esto. Tengo la profunda sospecha de que es esa chiquilla que entró en el servicio hace algunos meses. Pretende amargarme la existencia y golpea donde más me duele. En el café. Me gustaría darle un escarmiento… quizá algún día coja yo papel y pluma, quizá comience a dar ordenes. Como antes.
Ya están aquí. Vienen a por los papeles. ¿Por qué se molestarán tanto si siempre es lo mismo? Mierda de tontería que les ha entrado con la legalidad de los cojones. Hacen lo mismo de siempre pero conmigo y otros como yo apoltronados en oscuros despachos carentes de vida. Tiene gracia.
Sólo me queda uno por firmar. Que se esperen. Firmes e impolutos. No quiero ni que pestañeen.
Quizá debería cambiar este último nombre y poner el de la chacha esa que parece querer envenenarme con la mirada. No sé porque tengo que aguantarlo. Y, además, ¿a quién coño le iba a importar? Sería cambiar escoria por escoria.
Siempre me gusta demorar la última de mis obligaciones. Saborearla. Al fin y al cabo es lo mejor que tengo. Hoy volveré a tumbarme en la cama sin ninguna esperanza en conciliar el sueño. Y, por la mañana, volveré a ver mi imagen proyectada en el espejo del cuarto de baño. Ya nada tendrá sentido porque ya nada lo tiene. Tan sólo soy un esperpento envejecido de escamas malolientes y colmillos afilados, un depredador derrotado esperando que la muerte le sorprenda entre estertores, un desbocado precipicio que se ahoga poco a poco en silencio mientras contempla complacido cómo la sangre emana de sus cuencas oculares.
Ya pueden pasar. Está todo firmado.

lunes, 28 de enero de 2008

Nieve

Hoy me levantado sudorosa, cansada e intranquila; creo que he soñado con algo de cuando era niña, aunque no lo recuerdo bien, nevaba y yo lo veía todo desde la ventana; pero luego el cielo enlutaba y una oscuridad asfixiante parecía ir acercándose poco a poco hasta mí llegando a dificultar mi respiración. Justo en ese momento me desperté. Y no he parado de pensar.
Nací un 17 de febrero de 1924, hacía frío, no lo puedo recordar pero seguro que hacía frío, sino no sería mi pueblo. Ahora las cosas han cambiado, puede hacer un sol primaveral en pleno mes de enero, mientras que en mayo puede ponerse a nevar. ¡A nevar!, es cosa de locos pero es la pura realidad, ayer por la tarde cayeron los primeros copos y así ha continuado hasta hace unos minutos. Aunque quizá arranque de nuevo. El tiempo está loco, creo haberme sorprendido a mi misma pensándolo en varias ocasiones. Tiene gracia, recuerdo perfectamente a mi abuelo diciendo una y mil veces que el mundo podía ponerse patas arriba pero por muchas cosas que cambiasen nunca podrían conseguir que en otoño los castaños se deshojasen y en agosto los melocotones estuviesen en su estado de máxima plenitud. Se equivocaba. El mundo estaba loco y lo sigue estando, pero su locura puede llevarse por delante lo humano y lo divino.
No es la primera vez que sueño con la nieve, es algo que me sucede desde hace varios meses; no siempre es el mismo sueño pero la nieve siempre está ahí.
La nieve cubriendo todo lo que abarcan mis ojos. Recuerdo que la primera nevada era la más emocionante, el gélido y pulcro manto helado nos condenaba a semanas de sufrimiento. Ahora es todo muy sencillo, afuera nieva mientras aquí dentro disfrutamos del caluroso abrazo de una calefacción constante y estudiada que no permitirá que nuestros dientes castañeteen o que nuestros pies y manos se amoratonen. Hace años los braseros intentaban que olvidásemos el frío con algo de éxito, sin embargo no era una tarea fácil ya que conseguía meterse por cada poro de tu piel y agarrarse a tus huesos para arañarte las entrañas y sumergirse en lo más profundo de tu alma hasta conseguir nublar tus pensamientos.
Mis padres vivían en una pequeña casa cerca de la Plaza Mayor, bueno, ahora es Plaza Mayor pero también ha sido Plaza de los Reyes Católicos, Plaza 14 de abril, Plaza del Generalísimo, y, desde hace unos años, no sé cuantos, Plaza Mayor. Aunque para nosotros siempre fue la Plaza, así, a secas. Nací en esa casa de una sola planta, en una enorme cama que prácticamente ocupaba todo el dormitorio. La cocina era el corazón de nuestras vidas, ahí se desarrollaba todo, ahí comenzaba la jornada y ahí se terminaba, todos los días lo mismo. Cuando venía alguna visita o alguna vecina pasaba con cualquier pretexto, la cocina era el lugar indicado para recibirles, atenderles, darles conversación… Pero no son palabras lo que me viene a la memoria, no, son imágenes. Mi madre sentada en su sillón de mimbre, cubierta de arriba a abajo por un negro inquebrantable que parecía querer exigir algo a alguien, con su perenne moño en redecilla que apresaba sus irisados cabellos y ese pequeño bastón que nunca le ayudó a andar, ella lo usaba para azuzar, para dirigir, para ordenar. Mi abuelo vestido de baturro, siempre con su faja y su chaleco, tirando de navaja con cualquier pretexto. Y mi padre… no, de mi padre no guardo muchos recuerdos.
La Guerra estalló siendo yo todavía una niña y no recuerdo absolutamente nada de ella. Únicamente el hambre… y el frío… ya los había sentido antes pero nunca con tanta intensidad. Esos son mis mayores recuerdos de la Guerra: el hambre, el frío y el cuerpo de mi padre tirado enfrente del ayuntamiento. Esa imagen no se me borrará en la vida.
Vinieron a avisar a mi madre, afuera estaba cayendo una de esas nevadas de las que se recuerdan durante años, yo no entendía qué pasaba pero salí corriendo detrás de ella, conforme íbamos llegando nuestros oídos se iban poblando de los llantos de otras viudas. Mi madre no tardó en unirse al coro más desgarrador que he oído en mi vida. Yo no decía ni hacía nada, sólo miraba, ¿qué otra cosa podía hacer?
No sé porqué fusilaron a mi padre, nunca nadie me lo explicó; eso me repetí día tras día intentando encontrar una razón que yo sola nunca podría hallar. Al día siguiente mi madre quemó toda la ropa que había en el armario, la de él y la de ella, además de un montón de papeles que tenía guardados. Se miró en el espejo, se cogió el pelo en un moño, se dio la vuelta y me dijo que a partir de entonces yo me tendría que encargar de las ovejas. Ella, como hasta ahora, atendería la tienda y se ocuparía de todo lo de la casa. No lo soportaba. Me ahogaba. Me sentía atada de por vida. Entonces lo desconocía pero el tiempo me ha enseñado que el futuro nunca nos trae lo que nosotros queremos. Había que sacar la casa adelante, no tenía ninguna duda al respecto y la madurez me golpeó siendo muy niña para decirme que los sueños debían quedar apartados. Primero había que comer, luego ya veríamos.
Cerraba los ojos y me veía paseando del brazo de un marido alto, guapo y con la cartera bien llena; un hombre que solucionase todos mis problemas, los económicos y los propios de una joven que cada vez era menos niña y que comenzaba a mirar fijamente a los ojos chispeantes del pecado. La noche que conocí a mi marido era día de fiesta, puede que fuese San Blas o quizá la Virgen de Agosto, no lo recuerdo bien. En mitad de la plaza habían colocado una pequeña tarima a la que se habían subido un trompetista, un chico con unos platillos y una esperpéntica cantante que parecía haber sido expulsada de todos los cabarets de segunda en los que habría trabajado. Recuerdo a una cuadrilla de chicos algo mayores que yo situada en primera fila, se reían mientras señalaban a la cantante, sus voces no tardaron en llegar a los oídos de todo el mundo, no paraban de insultarla. Habían bebido y se sentían intocables, eran jóvenes y fuertes, tenían toda la vida por delante y el tiempo de la preocupación había quedado atrás. No sé porqué lo hice pero me acerqué a ellos y les pedí que se callasen. Francisco, el más bestia de todos, se volvió hacia mí. Tenía los ojos inyectados en sangre y olía a alcohol. Su voz sonó contundente e intimidatoria: “Cállate, los hijos de los rojos sólo tienen derecho a vivir si mantienen su asquerosa boca cerrada”.
Ya había escuchado más veces eso de que mi padre era un rojo pero nunca pregunté lo que significaba. Tenía la certeza de que era algo que no se podía preguntar, algo que yo debería saber, pero nadie me lo había explicado.
Mi madre envejecía en la misma cocina de siempre, con la misma sombra de infortunio cruzando su semblante serio, el mismo moño, el mismo luto… Yo me había casado con el joven arrogante que le cruzó la cara al imbécil de Francisco, el incauto que durmió esa noche en el calabozo y al que su propio padre dejó de hablar por lo que había hecho. No sé si me enamoré por el golpe que derribó a aquel onagro apestoso, por su delicadeza al volverse hacía mi y preguntarme qué tal estaba segundos antes de que la porra de uno de los guardia civiles que acudieron inmediatamente chocase con violencia contra su cabeza manchando mi vestido blanco con su sangre, o por ir a esperarme al día siguiente al lavadero. Me acompañó hasta la puerta de mi casa y durante varias semanas fuimos el comentario de todo el pueblo. Tiempo después el cortejo terminó en boda.
Después de la Guerra la ley del silencio fue la orden no escrita que imperó en todas las casas. Nadie hablaba. El miedo, la vergüenza, el desencanto, la frustración, el dolor, la impotencia, el remordimiento… había muchas razones para no romper el silencio. Sin embargo yo quería saber. Puede que aprendiese a respetar ese silencio cuando mi madre me propinó una sonora bofetada el día que le pregunté el motivo de la muerte de mi padre. Me hizo jurar que nunca volvería a hablar de ese tema. Yo lloraba, lloraba y no comprendía nada.
Sabía que mi padre no había hecho nada malo, se lo había oído decir a mi madre cuando hablaba con Saturia, la vecina. Pero también sabía que había gente en el pueblo que decía que era un rojo. Yo podía desconocer lo que significaba aquello pero el menosprecio con el que lo decían no podía pasarme desapercibido. Desde muy niña me juré que nunca más pasaría por la plaza donde mataron a mi padre, la Plaza Mayor, justo enfrente del Ayuntamiento. Apenas tenía catorce años cuando me hice esa promesa y durante mucho tiempo la respeté más que a mi propia vida. Teníamos la casa cerca de la Plaza y para ir a comprar, si no quería pasar por ahí, tenía que dar un gran rodeo; pues tomé ese rodeo como mi camino habitual. Sólo falté a mi promesa en una ocasión, fue cuarenta años después.
A mi padre lo fusilaron por ser concejal republicano. Me lo contó José Luís, mi marido. La Guerra había comenzado unos días antes, Zaragoza ya pertenecía a los nacionales pero en mi pueblo, como en muchos otros, nada había cambiado. Ese día había pleno en el Ayuntamiento, los once concejales y el alcalde se quedaron boquiabiertos cuando la Guardia Civil irrumpió en el Salón de Actos. Eran conscientes de que ese momento podía llegar. La voz del sargento de la Guardia Civil sonó como un trueno amenazador, les exigían que le entregasen el mando del pueblo. Todos enmudecieron, no se lo podían creer, todo lo que se hablaba era cierto y estaba pasando ahí mismo. Justo en ese momento el alcalde se levantó, no era un hombre corpulento y su voz tenía mucha menos fuerzas que la del sargento, sin embargo, sus palabras mostraban serenidad y seguridad en si mismo: “Por el poder que me ha concedido la República les ordenó que me entreguen sus armas y abandonen la sala”. El sargento sonrió, levantó el brazo, apuntó y disparó. Al resto de concejales los fusilaron en la puerta del Ayuntamiento, para que lo viese todo el mundo.
Cuando conocí la verdad sobre la muerte de mi padre no pude evitar sentirme satisfecha de mi promesa. Nunca había vuelto a pisar la puerta de ese Ayuntamiento y no llevaba idea de volverlo a hacer.
El día que murió mi madre también nevaba. Conforme las campanas anunciaban la noticia con taciturnidad y letanía, mis ojos, pegados al cristal, observaban incrédulos cómo caían los primeros copos de nieve. La nieve me acompañó el día de la muerte de mi padre y, de nuevo, muchos años después, me presentaba su duelo en cuerpo presente. Es difícil llegar a convivir con una realidad como la muerte, de hecho dudo que alguna vez se aprenda. Nos la encontramos a nuestro alrededor durante toda nuestra vida pero nunca nos acostumbramos a ella. A pesar de que le llegue a todo el mundo. Hasta al Caudillo le llegó su hora, muchos pensaban que era inmortal y ya ves…
Tres años después llamaron a la puerta de mi casa. Era Andrés, uno de esos del PCE que llevaban toda la vida en la clandestinidad aunque todos sabíamos que era comunista. Me dijo que iba a haber elecciones en el pueblo, que por fin íbamos a poder elegir a nuestro alcalde y a nuestros concejales… la última vez que había sucedido esto mi padre había sido uno de los elegidos. Me pidió que fuese con ellos en la lista, que me presentase a las elecciones y que recogiese el testigo de mi padre. Yo permanecí callada, tal y como suelo hacer cuando no tengo nada que decir. Finalmente le prometí que lo pensaría.
José Luis no estaba de acuerdo pero yo ya lo había decidido. No sabía nada de política pero sabía lo que le habían hecho a mi padre. No era justo. Y quería que el pueblo me demostrase que creía que aquello había sido una injusticia.
El día de la toma de posesión del nuevo Ayuntamiento el Salón de Actos estaba lleno hasta la bandera. Todos los asientos estaban ocupados y la gente se amontonaba por los pasillos y se agolpaba en la puerta, el guirigay era ensordecedor. Fue mi único acto político, al día siguiente puse mi puesto en manos del Partido porque así lo habíamos acortado. Al ser la persona más mayor de todos los concejales, me correspondió hacer de Presidente en esta primera sesión. Cuando se pronunció mi nombre el Salón de Actos estalló en un efusivo aplauso que duró varios minutos, todo el mundo se levantó de su asiento, algunos de los presentes lloraban emocionados y otros lanzaban vítores e improperios contra el Régimen. Yo pensaba en mi padre.
El cáncer, la peor enfermedad que jamás ha conocido el hombre, se llevó a mi José Luís unos años después. A esas alturas ya no me sorprendió que en el cementerio comenzase a nevar. Hoy también nieva, puede que hoy sea a mí a quien le haya llegado la hora. Ya no tengo a nadie en este mundo, así que simplemente me dedico a ver pasar los días desde la ventana de la Residencia. A solas, siempre a solas. No me quejo, nunca me ha gustado hacerlo, todavía me queda la compañía de mis recuerdos y eso es un bien impagable. Aquí, en la Residencia, se ven muchas cosas, pero hay una que me parece insoportable, veo como se van desmigajando los recuerdos de otros hasta que quedan reducidos a la nada, parece que todo sigue igual pero un enorme vacío les convierte en otras personas… errantes por momentos.
Hoy miro por la ventana y veo caer los copos de nieve. No sé si serán los míos, es imposible saberlo, pero sí sé que hoy, o mañana, o pasado mañana moriré y que alguien, al mismo tiempo, se detendrá a mirar esa magia celestial llamada nieve.

viernes, 18 de enero de 2008

No sabes nada

De nuevo, te sorprendiste observando la dulce comisura de sus labios; deslizaste, con delicadeza, la mirada para detenerte con disimulo en unos irreverentes senos que aspiraban a eclipsar a la mismísima esfera solar. Sonrió. Justo en ese instante ella te dio la espalda. Quizá había llegado el momento de mirar hacia otro lado. Un pequeño gesto, casi imperceptible, te hizo cambiar de opinión. Fue una leve inclinación hacia delante, probablemente para observar algo con mayor precisión, que tuvo como consecuencia más inmediata el tenue pero significativo abrazo que el ligerísimo vestido de algodón le propinó a sus carnes. Éstas, por momentos, parecieron crecer en volumen y atractivo; aunque en realidad tan sólo se tratase de un sencillo efecto óptico provocado por la maliciosa travesura de los cortos retales que dejaban casi sin secretos a sus piernas adolescentes.Notaste un pulso acelerado en la sien. Tu parada acababa de pasar. No te importaba. Ella se giró con brusquedad, no había duda, sabía que la estabas mirando.
No supiste detenerlo a tiempo. Pudiste haber agachado la cabeza o disimular nervioso. Pero no lo hiciste. La miraste expectante a los ojos, sin deseo, tan sólo esperando paciente su decisión, dispuesto a aceptar tu destino. Justo en ese momento volvió a sonreír. Su boca entreabierta te terminó de hechizar.Supiste que estabas perdido conforme se inclinaba para coger la mochila que sujetaba entre sus piernas. Poco a poco tus retinas fueron drogándose desmesuradamente con cada centímetro prohibido descubierto. Pudiste ver lo inimaginable. Sus pechos te miraban en plena libertad y tu conciencia, anulada, se postraba devota como si ese gran pezón rosado fuese la verdadera razón del existir. Ella seguía sonriendo.Se levantó, vetándote de nuevo sus secretos, se colgó la mochila sobre un hombro y se bajó del autobús con agilidad felina. Detrás saliste tú. Caminaste tras ella, guardando la distancia, esperando quién sabe qué. Poco después, no sabrías determinar con mayor exactitud, giró a la derecha y todo adquirió una velocidad desbordante. Se puso de puntillas rozando tus labios con su nariz. Fue entonces cuando llegó el primer puñetazo. El segundo no se demoró. Ni el tercero.Desde el suelo tan sólo escuchabas risas e insultos. No sabes cuántos eran. No sabes cómo eran. No sabes… Tan sólo recuerdas una voz: “Otro gilipollas que se va caliente a casa”. Su voz era inocente y edulcorada.