lunes, 2 de junio de 2008

La ciudad en silencio

Su mirada enlutada comenzó a pasearse pausadamente por la cotidianidad inmóvil que se presentaba junto al nuevo día. Olía a humedad y cebollas fermentadas. A noches sin dormir. A esguinces de memoria. Por un momento saboreó el dulzor reconfortante del placer instantáneo que se instala sin dificultad justo al lado del dolor a la vida, en ese indeterminado espacio en el que la vigilia y el sueño se entremezclan. Estiró los pies todo lo que pudo evitando, en el último instante, el contagio a todo un cuerpo entumecido que temía disfrutar en exceso sin merecerlo. Miró a su alrededor. Todo seguía en su sitio. Una pequeña mesa completamente vacía. Una silla en aparente buen estado. Un armario empotrado, tuerto de una puerta, que dejaba a la vista las dos mantas y el vestido, y alguna muda mal plegada, y los zapatos de tacón relucientes, y el enorme vacío que guardaba silencio por todo aquello que no estaba. Una cama excesivamente grande que parecía abarcarlo todo, como la enorme boca de ballena dispuesta a engullir en cualquier instante el diminuto cuerpo desnudo que cada noche buceaba en los turbios océanos de sábanas amarillentas, muelles oxidados y pesadillas insalubres. Cuatro paredes llenas de humedades. Y un perchero siempre vacío que parecía mirar con prepotencia desde su posición distinguida a un mundo que ya no era el suyo.
El llanto provocó que se levantase como un resorte. Tenía hambre. Corrió hacia la puerta tropezándose con torpeza un par de veces. Quería llegar a tiempo. Sin embargo la voz de la Dueña fue más rápida. Siempre era más rápida. Llanto y orden reclamándola a la vez con objetivos cercanos y distantes a un tiempo. Saciar el apetito, imponer el silencio. Con paso firme cruzó el largo pasillo, tenía que llegar cuanto antes. Otra vez el llanto. Otra vez la Dueña.
En una diminuta habitación, justo al lado de la cocina, seis cunas idénticas daban cobijo a inocentes bocas expectantes, rebosantes de vida y de muerte, acostumbradas al llanto por el hambre y al sabor del sufrimiento. No conocían otra cosa. Seis cunas que encerraban todas las esperanzas e ilusiones capaces de sobrevivir en este oscuro piso de aire contaminado. Y una séptima vacía desde varias semanas atrás.
Cogió a su pequeño en brazos. Ella, a diferencia de otras de la casa, sabía el nombre del padre. Cada vez que lo pronunciaba saboreaba todos aquellos momentos amputados aún por cicatrizar. El diminuto cuerpo del hijo inmortalizando al padre, al marido, al novio, al amado… Pascual. Era lo único que le quedaba.
El llanto había cesado. Su enorme pezón, oscuro como una castaña, fue engullido con avidez. No le sorprendió la reacción. A la tercera succión, Pascual rompió a llorar de forma más escandalosa. Las lágrimas resignadas aparecieron sin aspavientos. Su mirada, contraída como un rencor encallado, estaba clavada en las diminutas tetas deshinchadas que mostraban con descaro la fea realidad de un futuro incierto. Quiso arrancárselas de cuajo y arrojárselas a los gatos que maullaban en la calle desesperados. Al menos ellos tendrían algo que comer.
Salió de la habitación sin pensar en nada, con el llanto arrasando el vacío y el orgullo racionado sin tiempo para aparecer. En la cocina esperaba paciente la Dueña con el biberón preparado. Conforme Pascual comenzaba a exprimirlo y el silencio volvía a gobernar el maldito piso oxidado, ella contemplaba con hielo en las entrañas cómo el grasiento cuaderno de tapa dura hacía acto de presencia para dejar constancia de todo lo que gastaba. Todo ello sin mediar palabra.
Por un momento pensó tocar la felicidad en la plácida paz de su bebé absorbiendo satisfecho el último suspiro del viejo biberón. Una densa bilis le ascendió por la garganta arrastrándole hasta un odio certero que le llevaba hasta la áspera voz de mando. Tenía que devolverlo a su cuna. No quedaba mucho tiempo… Obedeció sin plantar batalla y se encerró en su habitación esperando órdenes mientras dejaba escapar por la ventana todo un amasijo de recuerdos, esperanzas y ensoñaciones difíciles de domesticar.
Afuera llovía. Ya no había tantos militares pero una densa atmósfera marcial había invadido cada rincón de la ciudad haciendo el aire un poco menos respirable. La vida continuaba y el sobrevivir se encaramaba encima de cualquier otra cosa. Para todo el mundo era lo mismo. Las tripas temblaban de hambre y las ideas, huérfanas de padre y de madre, esperaban acurrucadas a un nuevo sol que las calentase. Ya no había corazones y el placer de la amistad había sido vilmente violado por el tenso desaliento de la traición a quemarropa.
Desde alguna de las habitaciones llegaba un sollozo contenido, mezcla de nausea por sí misma y miedo irracional a una muerte siempre amenazante. Llevaba algo más de tres meses en ese piso y todavía no se acostumbraba a casi nada. Ni a su deprimente fealdad, ni a su suciedad imperecedera, ni a ese ácido olor a semen reseco y sudor acumulado. Y mucho menos a ese amasijo de penas y quebrantos acumulado en una docena de desconocidas con demasiadas cosas en común.
Una pequeña habitación en un cuarto piso lleno de humedades. Muchas obligaciones y el estómago relativamente lleno cuando comenzase a rugir. Fue la única salida que encontró y a ella se había agarrado con fuerza, la había aceptado con la mirada en el suelo y un temblor constante que anunciaba a voz en grito el miedo y el desconsuelo.
Atrás quedaba un hogar desgarrado, una memoria secuestrada y unas raíces cercenadas que nunca podría recuperar. Pudo haber huido a Francia pero no lo hizo, quizá por mil temores, quizá por no aceptar el destierro forzado, quizá por la simple desidia del derrotado para siempre.
Había conocido los nueve infiernos y se había levantado cada mañana con el alma partida y los sueños rotos. Las calles acumulaban desgracias y atardeceres solitarios con la misma facilidad con que la metralla había segado el presente e hipotecado el futuro. Tantos futuros… Mirase donde mirase sólo veía muertos que ya no estaban. En cada mirada, en cada gesto, en cada detalle, un muerto gritaba desesperado ante tanta barbarie.
Todo había terminado. Pero ella seguía escuchando disparos, seguía contemplando desde su ventana galones teñidos de sangre y sotanas envenenadas. Una realidad gris y vacía que no esperaba nada. Desnuda y con las cuencas de los ojos vacías. Ya poco le quedaba por soñar. Tan sólo Pascual.
Miró el reloj. Faltaban diez minutos para las ocho. Diez escasos minutos de su propio yo, un escaso margen de tiempo del que le sobraba la mitad para que se produjese la transformación mal disimulada que pretendía disfrazar algo difícil de ocultar. Unos fuertes pellizcos en las mejillas para darle algo de color a su tez blanquecina; un pequeño trozo de madera semicarbonizada; el mismo vestido de flores de siempre; los mismos zapatos de tacón; y la fiel certeza de que ya nunca más sería primavera nublándole la mirada.
Se miró en el espejo. Vio el patetismo de su imagen reflejada pero no hizo ni una sola mueca. Las primeras semanas rompía a llorar justo antes de empezar, en el mismo momento que contemplaba descorazona la escuálida caricatura del ayer que se plantaba ante sí sin poder dar marcha atrás. Ahora ya se había acostumbrado. No le quedaba más remedio.
Todos los días la misma función. El timbre sonaba varias veces en poco tiempo. Los hombres llegaban casi a la vez, como si se hubiesen puesto de acuerdo, como si alguien les hubiese estado reteniendo en la calle hasta que llegase la hora precisa para ascender las escaleras que les llevasen al paraíso terrenal. A continuación, sonrisas forzadas y pocos miramientos. A veces, si se hacía un esfuerzo y no se contemplaba la escena más de dos o tres minutos, aquel piso podía incluso parecer un oasis idílico en medio de ese desierto de sufrimiento, pena y rencor en que se había convertido la ciudad. Todo mentira. En cada una de las habitaciones la misma historia. La misma sucia historia.
Un simple gesto de la Dueña le sirvió para comprender que había sido elegida. Ni siquiera le miró a la cara. No tenía fuerzas. Entraron en la habitación. Se desnudó de forma mecánica sin prestar atención a su visitante, a su cliente. Como si estuviese sola.
Se tumbó en la cama mirando al techo mientras notaba una lengua que recorría parte de su cuerpo con aspereza y ansia animal. Nunca participaba en nada, siempre se dejaba hacer y, por el momento, nadie se había quejado. Entre gemidos el hombre pronunciaba repetidas veces su nombre. A ella no le importaba, no le escuchaba. La besaba con avaricia y la abrazaba con fuerza como si fuese a escaparse de sus brazos. Nada más lejos de la realidad, ella no iba a marcharse, sólo iba a quedarse quieta esperando que acabase. Deseando que acabase. El primer desgarro era el peor, el más doloroso. Después apretaba los dientes cada vez más fuerte. Era inútil evadirse. Cerraba los ojos y siempre acababa precipitándose a la imagen de su Pascual desangrado en la cuneta, el olor a pólvora envolviendo todo, los gritos de las otras viudas corriendo desencajadas, el mareo indescriptible de una vida soterrada, la incertidumbre del silencio, los uniformes retadores y el miedo.
Entonces volvió a escuchar su nombre nadando en aquella voz nauseabunda. Y lo comprendió todo. Abrió los ojos con la certeza de lo que iba a ver y descubrió entre arcadas al mayor de los Abelardos mirándole extasiado con su sonrisa amarillenta escupiéndole en la cara. Quiso matarle ahí mismo. Alargar la mano hasta las tijeras que guardaba en el cajón de la mesilla y sacarle las entrañas. Diría que él le había atacado. Nadie pediría explicaciones. Nadie querría saber qué demonios hacía en una casa de putas a más de cincuenta kilómetros del pueblo en donde le esperaban su mujer y sus hijos. Tenía que matarlo.
Pero no hizo nada, tan sólo mirarle fijamente a los ojos y contemplar impávida cómo se corría de forma desaforada. Acto seguido se levantó orgulloso de sí mismo y se marchó sin dejar el dinero acordado.
Un frío dolor le partía el pecho. La imagen del hombre que acababa de poseerla dando el tiro de gracia a su marido mientras ella corría implorando una piedad que nunca llegaba a tiempo le eclipsaba los pensamientos. No era capaz de reaccionar. La Dueña llamaba a la puerta con violencia. Se había encerrado por dentro. Abrió la ventana. Se asomó completamente desnuda sin importarle las miradas sorprendidas de los viandantes. Contempló el silencio de una calle que no reconocía, de una ciudad de nombre incierto, de un país que ya no era el suyo. Inclinó su cuerpo hacia delante y se dejó caer sin violencia.
Poco antes de impactar contra el suelo escuchó el llanto de su pequeño. Quiso gritar. Pero no le dio tiempo.